Una vez más, fue mi hija Celia la que me recomendó este libro. "Puede que os valga para vuestro club de lectura de profes", me dijo. Luego, mi amigo Carlos me dijo que él lo había cogido en la biblioteca sólo (aquí la coma es totalmente pertinente) porque le había atraído el título, y que le había gustado.
El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes es una novela de la escritora moldava Tatiana Tîbuleac, publicada por Impedimenta, con traducción de Marian Ochoa de Eribe. Una historia muy dura y muy tierna a la vez: un hijo que acompaña a su madre en el último verano de ella, el verano de los últimos reproches y de la definitiva reconciliación.
La temática es dura, muy dura. Ella se va a morir de cáncer; él, un chico. con graves problemas psicológicos, había planeado ir a Amsterdam. Ella le pide que la acompañe; él lo hace. El narrador de la historia es el propio chico, ya adulto, convertido en un famoso y excéntrico pintor, que escribe una historia de curación y homenaje.
La novela se estructura en 77 breves secuencias, algunas de tan solo un par de líneas. El estilo acompaña perfectamente a la historia: duro, desgarrada e inmensamente poético (juzgo al estilo de la autora teniendo en cuenta que es una traducción, evidentemente). Así empieza la novela:
Aquella mañana en la que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás. Yo la miraba desde la ventana mientras ella esperaba junto a la puerta de la escuela como una pordiosera. La habría matado con medio pensamiento. Junto a mí, silenciosos y asustados, desfilaban los padres. Un triste atajo de perlas falsas y corbatas baratas, venido a recoger a sus hijos defectuosos, escondidos a los ojos de la gente. Al menos ellos se habían tomado la molestia de subir. A mi madre yo no le importaba un pimiento, al igual que el hecho de que hubiera conseguido terminar mis estudios.
Una novela que merece la pena leer.

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