viernes, 28 de julio de 2023

La chica de seda artificial, de Irmgard Keun

Para el viaje de este verano a Berlín, Celia me recomendó esta novela breve de una autora totalmente desconocida para mí. 

En La chica de seda artificial, Doris, una joven de una ciudad alemana que lleva una vida gris pero sueña con ser una estrella,  escribe en su libreta sus vivencias, sus sueños y sus reflexiones.

La obra se divide en tres partes: "Finales de verano, una ciudad de provincias",  "Finales de otoño, una gran ciudad" y "Un largo invierno, una sala de espera". 

La primera me la leí en el avión desde Oporto hasta Berlín. Es la segunda vez que logro leer durante un vuelo (la otra fue yendo a París con una novela que luego no conseguí terminar); pero, en esta ocasión, llegué casi a olvidar dónde estaba y ni siquiera fui consultando cada diez minutos el reloj (instando al tiempo de vuelo a pasar más rápido). La historia de Doris me cautivó.

La segunda parte la dejé para el viaje de vuelta. Igual que con la anterior, logré abstraerme totalmente del vuelo. La gran ciudad en la que transcurre esta parte (y la última) es Berlín, y aunque la novela está ambientada en los primeros años 30 del siglo pasado, me encantó reconocer los lugares por los que transitaba la protagonista. Un gran acierto de Celia recomendarme esta lectura para este momento.

La última parte la acabo de terminar ya en casa y no de un tirón. Una pena porque creo que se disfruta más con un tiempo largo de lectura continuada.

Me gustó mucho el estilo de la autora: sencillo, directo y poético a la vez. Siempre que leo traducciones me queda la duda de cuánto de fiel es el texto al original, de cuánto del estilo he de atribuir a la autora y cuánto a la traductora. Quiero suponer que Rosa Pilar Blanco refleja lo más fielmente posible el estilo de Irmgard Keun. 

Como es mi costumbre, copio un fragmento.
"Veo salas de espera y mesas. Me siento allí. No me apetece empeñar mi marta cibelina, de ninguna manera. Tampoco tengo papeles. Tilli conocía a una dispuesta a comprarla. Pero yo me niego. A veces se me cae la cabeza encima del tablero de puro cansancio. Escribo porque mi mano desea hacer algo y mi cuaderno con las páginas blancas y las líneas está dispuesto a acoger mis pensamientos y mi fatiga y ser una cama en la que reposen mis letras, con lo que al menos una parte de mí tiene un lugar para descansar."

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