Vuelve el verano y con él mis reseñas. Este año empiezo un poco tarde, pero empiezo y bien, porque el primer libro sobre el que voy a escribir me ha gustado mucho. Voy a empezar por el principio.
Por Navidad, Celia me regaló este libro, Orquideístas, porque le tuvo buena pinta. Desde ese día, reposó en el salón en una mesita auxiliar al lado de la orquídea de Celia. Quedaba muy bien porque, como objeto, es también bonito.
Orquideístas, de Vidya Narine, es una novela deliciosa.
Diez años después de hacerse propietario de una exquisita tienda parisina de orquídeas, el protagonista y narrador, Sylvain du Bois, en crisis, reflexiona sobre su vida y sobre la sociedad en la que vivimos, a la vez que cuenta historias sobre exploradores y científicos relacionados con estas plantas.
En la obra se entrelazan la historia de las orquídeas (cómo surgieron, cómo fueron descubiertas y cultivadas las distintas especies, cómo se extendieron por el planeta, cómo pasaron de ser un símbolo del lujo y la distinción a poblar las estanterías de todos los supermercados) con la historia del protagonista (la indagación sobre cómo el temprano suicidio de su padre marcó toda su vida y en cómo su trabajo de orquideísta le dio sentido durante un tiempo ya agotado a su existencia).
Hace ochenta millones de años, en un paisaje desolado entre las lavas de los volcanes y las humaredas de azoe, una semilla fina como el polvo halló un hongo que, a su vez, también había crecido por una especie de milagro. La semilla se nutrió y germinó, y sus sensacionales flores, capaces de vivir durante meses sin pestañear, partieron a dispersarse por todo el planeta, al antojo de los movimientos de la corteza terrestre. Colores, perfumes, formas de los pétalos. longevidad de floración... cada orquídea es un misterio nacido de un hongo.
Está la rama de mi desposesión, y luego la tropical, sobre la que crece la orquídea. Un bosque fantasma de partida doble. Me he empeñado en contemplar la parte de arriba, la belleza de los pétalos, más que el sustrato, para salvar el pellejo. Me marcho a explorar las profundidades, y acaso encuentre un micelio. Toda una vida posible nacida de una tierra malograda. (Ed. Las afueras, 2025-pág. 35 -36)
Una novela con un prosa muy poética que he leído con muchísimo agrado (y con el móvil cerca para ir buscando las imágenes de todas las especies de las que se habla). Muy recomedable para los amantes de las orquídeas y para los que no lo son, también.
FRAGMENTOS
Allá donde voy me sigue un abismo. Lo conozco, lo he visto otras veces, pero antes sabía por qué estaba allí. ¿Es el mismo? Se le asemeja mucho. Cuando mi padre murió, solté un grito para mis adentros y ahogarlo me llevó un tiempo desmedido. Un día se apagó y ya no volví a pensar en él. Lo había llenado de musgos de turbera, fibras de coco y corteza de pino. (pág.24)
Persigo la historia de esta flor que crece agarrada a las ramas, desciendo por el tallo hacia el nudo de sus orígenes y encuentro un hilo roto, el de mi padre. Pese a mis esfuerzos, la savia aún gotea del pie del troco de mi árbol. Pongo el dedo para cauterizar la herida. Todo lo que sé de este árbol es que no habría sido el mismo de no existir el bosque. (pág, 27)

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